Preocupaciones de la vida cotidiana. Objetos y prácticas culturales durante la pandemia por covid–19

Boris Papez1

1. Universidad Nacional de San Martín, Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales, Argentina. E-mail:



Resumen

El objetivo de este artículo es presentar los principales hallazgos de una investigación sobre las experiencias de la vida cotidiana durante el confinamiento por covid–19, en la que prestamos especial atención a las preocupaciones del día a día y a las estrategias que los sujetos pusieron en juego para sobreponerse a ellas. La metodología se basó en el análisis cualitativo de once diarios auto–etnográficos realizados por estudiantes universitarios y seis entrevistas posteriores a los mismos sujetos, siempre centradas en sus prácticas culturales e informativas durante el aislamiento. Identificamos tres problemas principales en este período. En primer lugar, el cambio radical de las rutinas diarias como resultado del incremento del uso del espacio doméstico. En segundo lugar, la necesidad de información mediática confiable acerca de las prácticas de prevención y las normas sociales en un contexto atravesado por la sobreinformación y las fake news. En tercer lugar, la limitación del conjunto de relaciones sociales a causa de las reglamentaciones de la pandemia, que hicieron de la soledad una sensación en constante latencia. A partir del análisis de los registros, sostenemos que el uso de diferentes objetos (computadoras, celulares, libros, instrumentos musicales, etcétera) fue central para lidiar con los problemas cotidianos, ya sea por su capacidad para movilizar prácticas culturales, gestionar emociones, establecer límites simbólicos entre actividades, crear nuevas temporalidades, o convertirse en un recurso de sociabilidad. Creemos que recuperar estas experiencias nos permite abrir interrogantes para pensar la vida cotidiana en la pospandemia.

Received: 2022 March 21; Accepted: 2022 March 22

Revista Científica Arbitrada de la Fundación MenteClara. 2022 Mar 23; 7: 289
doi: 10.32351/rca.v7.289

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© 2022 RCAFMC - Este artículo de acceso abierto es distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution 4.0 International License (CC BY 4.0).

Keywords: vida cotidiana, objetos, prácticas culturales, emociones, covid–19.
Keywords: daily life, objects, cultural practices, feelings, covid–19.

Introducción

A raíz de la expansión del covid–19 en todo el mundo, la sanción del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio [ASPO] en Argentina el 20 de marzo de 2020 generó una reclusión masiva de personas por tiempo indeterminado. Esta política sanitaria, inicialmente administrada en la totalidad del territorio pero luego regulada localmente de acuerdo con la situación de cada provincia, impuso cambios en la vida cotidiana, tanto en lo que respecta a la permanencia en los hogares por parte de aquellas personas que no realizaran tareas laborales consideradas esenciales, como en la adopción de nuevos hábitos y rutinas como el uso de barbijos, el lavado frecuente de manos, o el distanciamiento. La adscripción de la ciudadanía a las nuevas normas fue promovida por los medios de comunicación, mientras que su violación comenzó a ser penada legalmente a través de multas o detención y secuestro de vehículos.

Este período, marcado por medidas de aislamiento estrictas, se extendería en el Área Metropolitana de Buenos Aires [AMBA] durante casi ocho meses, hasta el día 9 de noviembre de 2020, cuando el Gobierno Nacional dio inicio al Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio, flexibilizando algunas de las normas vigentes.

En este marco, desde el Núcleo de Estudios en Comunicación y Cultura [NECyC] de la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín [Escuela IDAES–UNSAM] nos preguntamos por las formas en que la reclusión social fue vivenciada en el día a día, prestando atención a las prácticas culturales, las prácticas informativas y las emociones de los sujetos. Para ello realizamos una investigación que utilizó distintas técnicas cuantitativas y cualitativas. Entre mayo y julio de 2020 se escribieron once diarios auto–etnográficos por parte de estudiantes universitarios vinculados con el propio equipo de investigación, veinticinco entrevistas breves a través de mensajes de audio o texto de WhatsApp, y una encuesta online que fue respondida por 471 personas.

Con base en el análisis de los diarios auto–etnográficos, observamos que el aislamiento en el hogar generó tres problemas principales, que sin ser excluyentes representaron las preocupaciones dominantes de la vida cotidiana en este período: los cambios en las rutinas cotidianas, la necesidad de informarse y el corte de las interacciones de sociabilidad extra–hogareñas. En primer lugar, las rutinas diarias y semanales se vieron abruptamente trastocadas a partir del mayor uso del espacio doméstico. Según la situación familiar y laboral de los sujetos, en varios casos observamos una sobrecarga en las tareas y dificultades para organizar las actividades diarias dentro del hogar. Nos preguntamos, entonces, ¿qué estrategias se pusieron en juego para reorganizar las rutinas cotidianas?

En segundo lugar, el desconocimiento inicial acerca del covid–19 y el cambio constante de las normas sanitarias hicieron que las noticias y el mantenerse informado se convirtieran en una prioridad. La potencia de acción de las personas estaba determinada por este saber. Sin embargo, la sobreinformación acerca del tema y la proliferación de fake news frenaron estas prácticas de recepción mediática. Ante este escenario nos preguntamos de qué maneras se desarrollaron las prácticas informativas en un contexto atravesado por la incertidumbre, cambios rápidos y proliferación de noticias falsas.

En tercer lugar, el confinamiento limitó los vínculos de interacción social de las personas por fuera del hogar, que buscaron alternativas de sociabilidad ya sea a través del uso de tecnologías de la comunicación o de cambios en las disposiciones de convivencia. Dado que el aumento de la edad es proporcional a la reducción de los vínculos sociales (Bericat Alastuey, 2000), es esperable que la búsqueda de alternativas de sociabilidad se encuentre sobre todo entre las y los más jóvenes. Entre nuestros sujetos de estudio hemos observado esta tendencia principalmente entre aquellos de menos de treinta años; pero con una presencia menor, también ha aparecido en el grupo de los adultos de alrededor de treinta años, razón por la que planteamos la pregunta de modo general: ¿cómo se gestionaron los vínculos de sociabilidad para hacer frente a las situaciones de soledad?

Si bien el confinamiento puso de manifiesto una pluralidad de problemas cotidianos tales como el desempleo, la depreciación del salario, la educación de los/as niños/as y la violencia familiar, éstos no aparecieron en nuestro trabajo, por lo que la identificación de problemas que realizamos se circunscribe a una población muy específica de estudiantes universitarios y no es generalizable a la sociedad toda.

El objetivo de este artículo es presentar los principales hallazgos de una investigación más extensa en la que buscamos responder a cada una de las preguntas planteadas explorando como hipótesis la idea de que los sujetos intentaron resolver estos tres núcleos problemáticos -rearmar las rutinas, informarse y gestionar su sociabilidad- en interacción con diferentes objetos que se volvieron centrales para lidiar con el aislamiento, ya sea a partir de su capacidad para movilizar prácticas culturales, gestionar emociones, establecer límites simbólicos entre actividades, crear nuevas temporalidades, o convertirse en recursos de sociabilidad.

El artículo se estructura de la siguiente manera: en el apartado “materiales y métodos” detallamos los aspectos metodológicos del trabajo, apoyado en registros auto–etnográficos y entrevistas. En el apartado “rutinas diarias, prácticas informativas y relaciones de sociabilidad” presentamos los principales hallazgos de nuestra investigación, haciendo hincapié en las formas en que los sujetos hicieron frente a los problemas diarios durante el confinamiento. En el apartado “las funciones de los objetos” destacamos el papel que éstos últimos tuvieron en la movilización de prácticas y en la formación de representaciones. Por último, a modo de conclusión planteamos una serie de interrogantes que se desprenden de nuestro estudio, orientados a pensar la vida cotidiana en la pospandemia.

Materiales y métodos

Nuestros materiales empíricos están constituidos por once diarios auto–etnográficos realizados por estudiantes universitarios de grado y posgrado en el campo de las ciencias sociales -seis mujeres y cinco varones-, de clase media, de 21 a 41 años de edad, y residentes del AMBA. En su mayoría, los registros comprenden descripciones de las prácticas culturales e informativas cotidianas durante el período de una semana completa. Hemos complementado estos materiales con seis entrevistas mediante videoconferencias a sus autores, realizadas entre abril y julio de 2021, un año después de la elaboración de los diarios.

La muestra estuvo compuesta casi en su totalidad por jóvenes y adultos sin hijos/as, y sólo en un caso se registró la convivencia con niños pequeños. Por su parte, siete de ellos presentaron una adecuación de las funciones laborales a una forma remota. Estas características hicieron que la densificación de las relaciones dentro del hogar fuera un problema de menor representación que la ausencia de vínculos presenciales en “el afuera”.

La auto–etnografía es un método de investigación que a partir de la experiencia personal busca dar cuenta de un conjunto de relaciones sociales en las cuales el sujeto se encuentra inmerso (Scribano & De Sena, 2009). Para los sujetos de estudio, durante la pandemia estas relaciones se redujeron principalmente a las personas convivientes, pero también comprendieron los distintos artefactos que mediaban relaciones a la distancia.

Por su parte, dado que las entrevistas permiten reconstruir acciones o vivencias pasadas (Marradi, Archenti, & Piovani, 2007, pág. 220), a través de ellas buscamos dar cuenta de aspectos que en los registros no habían aparecido o no se hallaban profundizados.

El estudio de los registros auto–etnográficos y las entrevistas fue llevado a cabo a través de un análisis de contenido. En estudios cualitativos esta técnica analítica refiere a un conjunto de procedimientos enfocados en interpretar sentidos latentes del texto (Marradi, Archenti, & Piovani, 2007), que se articulan con el sentido manifiesto, directo, que se pretende comunicar. Ambas formas de interpretación cobran sentido a partir del contexto, es decir, “del marco de referencias que contiene toda aquella información que el lector puede conocer de antemano o inferir a partir del texto mismo” (Andréu Abela, 2001, pág. 2).

Rutinas diarias, prácticas informativas y relaciones de sociabilidad

El confinamiento en el hogar trastocó todas las actividades cotidianas, lo que en un primer momento se reflejó en un incremento del tiempo dedicado a las tareas domésticas, como también, y en un sentido contrario, en la mayor disponibilidad de tiempos libres a partir de la limitación de los desplazamientos por la ciudad. Uno de los principales problemas de pasar más tiempo en casa fue la dificultad para separar momentos de trabajo y de ocio por desarrollarse todas las actividades en un mismo lugar. Frente a esta situación, las estrategias de los sujetos para reorganizar sus rutinas comprendieron, como mostró (Aliano, 2021), la fijación de nuevos horarios y cambios en la disposición del espacio (Hijós & Blanco Esmoris, 2020). Lo que hemos observado es que estos cambios estuvieron mediados por distintos objetos que tuvieron funciones cognitivas específicas asociadas a la organización de nuevos hábitos y rutinas o favoreciendo su desestabilización, lo que también constituyó algo deseable debido al hastío y la monotonía que genera el seguimiento constante de cursos de acción preestablecidos. De este modo una computadora, por ejemplo, concentró un conjunto amplio de actividades productivas, mientras que otros objetos -celulares, televisores, instrumentos musicales, libros- mediaron acciones inclinadas al entretenimiento, la distención, o el enriquecimiento personal. Esta distinción no se impuso por las características de los objetos en sí mismos -la computadora también puede servir para entretenerse-, sino para separar las actividades entre sí. Los objetos, entonces, permitieron diferenciar momentos de trabajo y de ocio de manera simbólica sustituyendo en esta función a los espacios.

Sin embargo, hubo una menor capacidad para controlar la intensidad de estas tareas, que presentaron una tendencia hacia la hiperactividad. En coincidencia con trabajos previos (Fradejas-García, I. et al, 2020) (Hijós & Blanco Esmoris, 2020), este hallazgo mostró que la reducción de la circulación geográfica, lejos de generar una pausa en la actividad cotidiana, tuvo un efecto contrario. La comunicación virtual mediante el uso de tecnologías permitió estudiar y trabajar a distancia, reduciendo los tiempos muertos entre tareas productivas -por ejemplo, mediante los desplazamientos- e intensificando así un proceso ya existente de aceleración de la vida cotidiana. Este fenómeno hizo posible la realización de una pluralidad de actividades sin interrupciones, pero también tuvo efectos sobre el estado anímico de los sujetos ya que la intención de aprovechar el tiempo en casa proporcionó satisfacciones al llevar a cabo deberes cotidianos, y frustración y culpa al no poder cumplir con los estándares de productividad deseados. La búsqueda de productividad en el ocio dificultó, entonces, la separación de las lógicas asociadas a estos momentos, pero en contrapartida permitió hacer algo con el tiempo de aislamiento y así darle un sentido a este período.

En lo que respecta a las prácticas informativas, la novedad de la pandemia y la necesidad de información por parte de la población estimularon la sobreinformación y la proliferación de noticias falsas, las cuales fueron acompañadas de un incremento en su demanda durante las primeras semanas del confinamiento (OMUNC, 2020) (Zunino, 2021). Observamos que al comienzo del confinamiento uno de los factores que intensificaron estas prácticas fue el compartir las noticias con familiares convivientes y estar expuesto a sus medios informativos. Sin embargo, luego de un tiempo la angustia o el cansancio frente a las noticias llevaron a los sujetos a gestionar su incertidumbre mediante la selección de medios y momentos para informarse. Esto fue importante ya que mientras en algunos medios circulaban más noticias que incentivaban sensaciones de riesgo, temor o confusión, otros aportaban un mayor nivel de confianza y seguridad, como las conferencias presidenciales.

La frecuencia y el grado de atención sobre las noticias se vinculan con los medios informativos utilizados, y dado que éstos son variables según el grupo etario de pertenencia (Moguillansky, Ollari, & Rodríguez, 2016), creemos que ésta fue una de las razones por la que los más jóvenes del equipo definieron las estadísticas de contagios y muertes como información acerca de la pandemia, sin excepción, mientras que los adultos de más de treinta años no, en ningún caso. Como la captación de las cifras se da con mayor rapidez que la de otras noticias informativas, es posible que ello haya facilitado su acoplamiento a las prácticas informativas de los más jóvenes, que mediante las redes sociales tienden a consumir información invirtiendo menos tiempo en ello, por ejemplo a partir de fragmentos televisivos o recortes que se comparten (Moguillansky, Ollari, & Rodríguez, 2016).

Por su parte, muchas formas de relacionarnos durante la pandemia fueron readaptadas a través de modalidades virtuales. Nuestra necesidad de comunicarnos con seres queridos, de emocionarnos y entretenernos se vio paliada casi exclusivamente a través de pantallas (Díez García, Belli, & Márquez, 2020, pág. 763) (UNICEF, 2020). Esto hizo que las prácticas culturales se reinventaran para producir formas de interacción y sociabilidad a la distancia. Entre ellas, nos interesamos particularmente por las prácticas nostálgicas, que mediante el retorno a juegos, series, películas, libros, o recetas de la infancia/adolescencia permitieron re-vivenciar un pasado que se imaginaba más satisfactorio que el tiempo presente, y de este modo convertirse en un medio para gestionar emociones (Hochschild, 2012). Lejos de constituirse como un estado estrictamente individual, lo recordado estuvo en constante relación con lo compartido, de tal manera que el efecto positivo de la nostalgia sobre el estado anímico estuvo sostenido en la sociabilidad que este tipo de prácticas generaban. Es en este sentido que las prácticas nostálgicas fueron una forma de paliar sensaciones de soledad.

Las funciones de los objetos

Hemos intentado mostrar que los usos que se les dieron a los objetos fueron importantes para hacer frente a los problemas cotidianos durante el confinamiento -diferenciando momentos de trabajo y de ocio, sosteniendo relaciones de sociabilidad, y en el caso de los medios informativos, influyendo en la percepción de la noticia-. Este hecho no se encuentra disociado de la confinación en los hogares, que presupuso un contacto constante con los objetos propios. Csikszentmihalyi y Rochberg–Halton (2002, págs. 123-144) argumentaron que el hogar es un mundo en el que puede crearse un medio ambiente material que encarna lo que una persona considera significante, por lo que una de sus funciones psicológicas consiste en el resguardo de aquellos objetos que han dado forma a la personalidad y que son necesarios para expresar aspectos valorables del yo. De modo similar al backstage goffmaniano, para estos autores el hogar es un espacio en el que -a partir de los objetos materiales y culturales que alberga- se desarrolla, mantiene o modifica la propia identidad. Como señala De Certeau (1999, pág. 147): “un lugar habitado por la misma persona durante un cierto período dibuja un retrato que se le parece, a partir de los objetos (presentes o ausentes) y de los usos que éstos suponen”.

Ahora bien, ¿de qué manera se vinculan los usos de los objetos en el hogar con las relaciones sociales que se desarrollan en él? En un trabajo previo observamos que la conformación familiar influyó en las orientaciones que tuvieron las prácticas cotidianas, de tal manera que “la soledad durante la pandemia fue un estado del que buscaron escapar quienes vivían solos, o un ansiado bien para quienes vivían con otros” (Salas Tonello, Simonetti, & Papez, 2021, pág. 62). De este modo, si los objetos del hogar representan lo que se considera significativo y a partir de ello se convierten en un reflejo de la propia identidad (Csikszentmihalyi & Rochberg-Halton, 2002), entonces la reclusión social no sólo significó un contacto constante con las personas convivientes, sino también con el uso que éstas hacían de los objetos, lo que en diversas situaciones podía acentuar las tensiones asociadas a la densificación de las relaciones sociales en el hogar -por ejemplo, a partir del ruido que generan los aparatos-. Pero en un sentido diferente los objetos permitieron a su vez generar interrupciones al conjunto de vínculos de la casa y al uso que otros miembros convivientes hacían de objetos -por ejemplo, mediante el aislamiento a través de auriculares-.

Por su parte, entre aquellos que pasaron el confinamiento en soledad o sin experimentar una densificación de sus relaciones, la cercanía con determinados objetos supuso un contacto más estrecho con el sí mismo a partir de la capacidad de éstos para crear momentos propios de interioridad. Es así que el autoconocimiento propio de la solitude -es decir, una experiencia positiva de la soledad a partir de un estar con el sí mismo, por oposición a su experiencia negativa, la noción de loneliness, que acentúa el sentido de falta asociado a un estar solo- estuvo atravesado también por una relación íntima con los objetos.

Los objetos y lo que hacemos con ellos también fueron un soporte de las representaciones del pasado y del futuro. En un contexto en que la imposibilidad de controlar la expansión del virus llenó de incertidumbres nuestro conocimiento acerca del devenir, la capacidad de planificación se circunscribió al corto plazo, como quedó demostrado en la duración -de dos o tres semanas- de las sucesivas normativas sancionadas por el gobierno nacional. Pero la incertidumbre se extendía incluso hasta nuestro conocimiento del presente: debido a la extensión del período de incubación, nadie podía tener la certeza de estar o no contagiado. Los límites de estos saberes se abrieron a medida que se desarrollaron investigaciones científicas acerca del covid–19 y, posteriormente, con la estabilización de la curva de casos y el comienzo del Plan de Vacunación. Sin embargo, en el día a día de los sujetos la atenuación o intensificación de las sensaciones de incertidumbre, entre otros factores, fue autorregulada mediante la forma de consumir información mediática.

Consecuentemente, ante la imposibilidad de una figuración esperanzadora del futuro, y en medio de un presente valorado como inadecuado en términos sanitarios y sociales, la representación del pasado fue depositaria de nuevos sentidos que se canalizaron positivamente a través de las prácticas culturales. Los vínculos que movilizaban y representaban se ubicaron, entonces, entre la libertad del recuerdo y los límites de la reclusión social. Este aspecto de la vida cotidiana no transformó el presente, pero sí cambió la manera de experimentarlo.

Conclusiones

Para el momento en que fue realizada esta investigación, hacia fines de 2021, las principales restricciones a la circulación ya habían sido flexibilizadas, volvían a funcionar restaurantes y centros comerciales y muchas actividades retornaban a la presencialidad. La vida cotidiana ya había cambiado con respecto a las prácticas registradas en la etapa de confinamiento estricto. Las rutinas diarias se conformaron con horarios fijos y espacios físicos diferenciales, disminuyó la necesidad y el interés por el consumo informativo, y la apertura de espacios culturales y recreativos restó importancia o centralidad a las prácticas culturales en el hogar y a las sensaciones nostálgicas hacia el pasado.

Pero la vida cotidiana no es como antes de la pandemia. Observamos distintas continuidades: si bien las prácticas informativas disminuyeron significativamente, a comienzos de 2022 diversos medios de noticias anuncian la amenaza de rebrotes y la presencia de terceras o cuartas olas de contagios en otros países, mientras que la desconfianza de una parte de la población hacia las vacunas hace de la “infodemia” un problema tan vigente como al inicio del aislamiento. ¿Cómo se vive en un contexto de constante incertidumbre? ¿O hay, más bien, un acostumbramiento a la incertidumbre?

La virtualidad se volvió una posibilidad de comunicación factible de imbricarse con formas presenciales de socialización. Si esto es así, nos preguntamos ¿en qué medida su extensión durante la pandemia influirá en la educación, el trabajo, o la sociabilidad? En relación a este último aspecto, la necesidad de buscar alternativas de sociabilidad durante el aislamiento hizo de la nostalgia una emoción compartida que mostró la capacidad que tiene una misma representación del pasado para crear o reforzar lazos interrumpiendo la experiencia en el presente. Si, como observamos en algunos casos, el pasado compartido se constituyó como un medio de socialización más significativo que el presente compartido, ¿qué sentido tendrá una misma experiencia común asociada al confinamiento en nuestras relaciones sociales futuras? Creemos que dar cuenta de estos interrogantes nos puede ayudar a pensar la pospandemia.

Agradecimientos

Agradecemos los comentarios y sugerencias que de este trabajo hicieron Marina Moguillansky y Paula Simonetti.


Sobre el autor:

Boris Papez es Licenciado en Sociología por la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín, Argentina. Como investigador del Núcleo de Estudios en Comunicación y Cultura (EIDAES-UNSAM) participa de proyectos de estudio de prácticas culturales e informativas y del impacto de la pandemia por covid-19 en la vida cotidiana. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-8938-7971


Conflicto de intereses

Ninguno que declarar.

Referencias
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5. De Certeau, M. (1999). La invención de lo cotidiano 2. Habitar, cocinar. México: Universidad Iberoamericana.
6. Díez García, R., Belli, S., & Márquez, I. (2020). La COVID-19, pantallas y reflexividad social. Cómo el brote de un patógeno está afectando nuestra cotidianeidad. . Revista Española de Sociología, 3 (3), 759-768.
7. Fradejas-García, I. et al. (2020). Etnografías de la pandemia por coronavirus: emergencia empírica y resignificación social. Perifèria, 25 (2), 4-21.
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