Unemployment is not a problem to be solved: it is the path we are on
Oscar R. Gómez oscar@tantra.org.es
Fundación MenteClara, Argentina.
ORCID: https://orcid.org/0000-0003-4469-8298
Ratan Lal Basu rlbasu@rediffmail.com
Presidency College, Calcutta & University of Calcutta, India.
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-8178-0664
Cómo citar este artículo / Citation: Gómez, O. R. & Basu R. L. (2026). El desempleo no es un problema que deba resolverse: es el camino por el que vamos. Revista Científica Arbitrada de la Fundación MenteClara, Vol. 11 (437). DOI: https://doi.org/10.32351/rca.v11.437
Copyright: © 2026 RCAFMC. Este artículo de acceso abierto es distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution 4.0 International License (CC BY 4.0). Recibido: 10/08/2026. Aceptado: 20/08/2026. Publicación online: 24/08/2026.
Conflicto de intereses: Ninguno que declarar.
La relación entre trabajo, productividad y tiempo libre ha experimentado transformaciones profundas a lo largo de la historia. En las sociedades esclavistas de la Antigüedad, determinadas formas de organización social permitieron que sectores de la población dispusieran de tiempo para actividades políticas, culturales, religiosas y recreativas mediante la apropiación del trabajo de otros seres humanos. La Revolución Industrial introdujo una transformación cualitativamente diferente al permitir que las máquinas sustituyeran progresivamente parte del trabajo humano. En el presente, la inteligencia artificial extiende ese proceso hacia tareas cognitivas y profesionales. Este artículo propone una interpretación alternativa del denominado problema del desempleo: cuando una sociedad alcanza niveles de productividad que permiten producir bienes y servicios con una cantidad decreciente de trabajo humano, la reducción del empleo no debería considerarse necesariamente un fracaso económico, sino potencialmente una liberación de tiempo. El problema central pasa entonces de la creación de puestos de trabajo a la distribución de los beneficios de la productividad. Se examina la economía de la atención, la concentración de beneficios derivados de la digitalización, la función redistributiva del Estado y la posibilidad de desvincular parcialmente la subsistencia material del empleo. A partir de antecedentes históricos y contemporáneos, incluyendo las reflexiones de Keynes sobre el futuro del trabajo, las experiencias de renta básica universal y los debates actuales sobre inteligencia artificial, se plantea como hipótesis que la IA podría permitir una democratización del ocio históricamente reservado a minorías. La cuestión decisiva no sería, por tanto, cómo preservar indefinidamente el empleo, sino cómo transformar el aumento de productividad en tiempo libre, seguridad material y ciudadanía.
Abstract
The relationship between work, productivity, and leisure has undergone profound transformations throughout history. In the slave societies of Antiquity, certain forms of social organization allowed segments of the population to devote time to political, cultural, religious, and recreational activities through the appropriation of the labor of other human beings. The Industrial Revolution introduced a qualitatively different transformation by enabling machines to progressively replace part of human labor. Today, artificial intelligence extends this process to cognitive and professional tasks. This article proposes an alternative interpretation of the so-called unemployment problem: when a society reaches levels of productivity that make it possible to produce goods and services with a decreasing amount of human labor, the reduction in employment should not necessarily be regarded as an economic failure, but potentially as a liberation of time. The central problem therefore shifts from the creation of jobs to the distribution of the benefits of productivity. The article examines the attention economy, the concentration of benefits derived from digitalization, the redistributive function of the State, and the possibility of partially decoupling material subsistence from employment. Drawing on historical and contemporary precedents, including Keynes's reflections on the future of work, experiences with Universal Basic Income, and current debates surrounding artificial intelligence, the article proposes the hypothesis that AI could enable the democratization of leisure historically reserved for minorities. The decisive question, therefore, would not be how to preserve employment indefinitely, but how to transform increasing productivity into leisure, material security, and citizenship.
Palabras Claves: trabajo; desempleo; inteligencia artificial; automatización; productividad; tiempo libre; ciudadanía; renta básica; desigualdad; economía de la atención
Keywords: work; unemployment; artificial intelligence; automation; productivity; leisure; citizenship; universal basic income; inequality; attention economy
La organización de las sociedades contemporáneas continúa sustentándose sobre una asociación que rara vez es cuestionada: el trabajo remunerado constituye el principal mecanismo de acceso a los recursos materiales y, simultáneamente, una de las principales fuentes de reconocimiento social. En consecuencia, la ausencia de empleo es presentada habitualmente como un problema individual y colectivo que las políticas públicas deben procurar reducir. Sin embargo, esta asociación puede adquirir un significado diferente cuando el desarrollo tecnológico permite producir bienes y servicios utilizando cantidades progresivamente menores de trabajo humano. La pregunta deja entonces de ser exclusivamente cuántos puestos de trabajo puede destruir una determinada tecnología y comienza a ser cuánto tiempo humano puede liberar. Esta cuestión se encuentra en el centro de una tradición intelectual que incluye, entre otros antecedentes, las reflexiones de Marx sobre la reducción del tiempo de trabajo, las previsiones de Keynes acerca de una futura sociedad de abundancia y las discusiones contemporáneas sobre automatización e inteligencia artificial (Marx, 1867/2010; Keynes, 1930; Kaplan et al., 2025).
La tesis que se propone aquí no sostiene que el desempleo contemporáneo carezca de consecuencias sociales negativas. Perder un empleo puede significar pérdida de ingresos, seguridad, vínculos y reconocimiento. La proposición es diferente: una sociedad que ha reducido la cantidad de trabajo humano necesario para producir no debería confundir la desaparición del trabajo necesario con la desaparición del valor humano. La cuestión política fundamental consiste entonces en determinar si la productividad liberada por la tecnología se transforma en mayor consumo y acumulación privada, en nuevos empleos destinados a ocupar el tiempo liberado o en una reducción generalizada de la cantidad de tiempo que los seres humanos necesitan vender para sostener su existencia. El FMI ha señalado precisamente que los efectos distributivos de la IA dependerán, entre otros factores, de la relación entre sustitución y complementariedad del trabajo, del aumento de la productividad y de las políticas fiscales y redistributivas adoptadas por cada sociedad (Cazzaniga et al., 2024).
La relación entre ciudadanía y trabajo productivo no ha sido históricamente uniforme. En la Atenas clásica, la independencia económica y la disponibilidad de tiempo constituyeron elementos importantes de la concepción de ciudadanía. Esto no significa que todos los ciudadanos fueran ricos, que todos poseyeran esclavos ni que los ciudadanos estuvieran exentos del trabajo. La evidencia histórica muestra una estructura mucho más compleja, en la que campesinos, artesanos, comerciantes, trabajadores libres y propietarios de esclavos coexistían. Sin embargo, la existencia de trabajo esclavo proporcionó a determinados hogares una alternativa a la utilización exclusiva del trabajo familiar y contribuyó a las condiciones materiales de independencia ciudadana que la democracia ateniense valoraba (Rose, 2008; Garland, 2018).
La importancia de esta observación no reside en establecer una relación causal simple entre esclavitud y grandeza cultural. La civilización griega no puede reducirse a su sistema esclavista, ni la totalidad de la producción cultural fue realizada por esclavos. La cuestión relevante es que la sociedad antigua podía distribuir de manera extraordinariamente desigual el tiempo necesario para la reproducción material de la vida. La historiografía ha señalado precisamente que la esclavitud desempeñó un papel significativo en la producción agrícola, artesanal, doméstica y cultural del mundo griego, y que el ocio de determinados sectores no puede analizarse completamente al margen de las estructuras laborales que lo hicieron posible (Garlan, 1988; Garland, 2018).
En este sentido, el contraste con el presente permite formular una hipótesis histórica: durante milenios, liberar a una parte de la sociedad del trabajo productivo exigió que otra parte realizara ese trabajo. La posibilidad contemporánea es radicalmente diferente. Las máquinas pueden realizar una proporción creciente de las tareas necesarias sin que la persona liberada deba ser sustituida por otro ser humano. Esta diferencia constituye, posiblemente, uno de los aspectos civilizatorios más importantes de la automatización.
La Revolución Industrial modificó radicalmente la relación entre producción y trabajo. La utilización de energía mecánica permitió multiplicar la productividad de determinadas actividades y reducir progresivamente la dependencia de la fuerza física humana. Sin embargo, el aumento de productividad no produjo automáticamente una disminución proporcional de la jornada laboral. Durante las primeras etapas de la industrialización coexistieron importantes incrementos productivos con jornadas extensas y condiciones laborales extremadamente exigentes. La reducción de la jornada fue resultado de procesos políticos, sindicales y legislativos además del progreso tecnológico (Marx, 1867/2010; Mokyr, 1990).
Este hecho permite distinguir dos conceptos que suelen confundirse: sustitución del trabajo y liberación del tiempo. Una máquina puede realizar una tarea que anteriormente exigía ocho horas humanas. Desde una perspectiva empresarial, puede interpretarse como reducción de costos laborales. Desde una perspectiva social, también puede interpretarse como ocho horas de trabajo humano que ya no resultan materialmente necesarias. El significado final depende de quién captura el beneficio de esa productividad.
Esta tensión fue reconocida mucho antes de la inteligencia artificial. Keynes sostuvo en 1930 que la acumulación de capital, el progreso tecnológico y el aumento de la productividad podrían permitir que las necesidades económicas fundamentales fueran progresivamente satisfechas con cantidades mucho menores de trabajo. Llegó a imaginar una jornada de aproximadamente tres horas o una semana laboral de quince horas para las generaciones futuras (Keynes, 1930).
Casi un siglo después, esa predicción no se ha cumplido. Tyler Cowen planteó precisamente la pregunta de por qué el progreso económico no produjo una reducción de las horas trabajadas tan profunda como Keynes había imaginado, señalando la existencia de una especie de rat race —carrera de ratas— en la que una parte de los beneficios del progreso se transforma nuevamente en consumo y competencia, en lugar de convertirse exclusivamente en ocio (Cowen, 2018).
La transformación de la industria editorial —que particularmente nos tiene como testigos vivos— constituye un ejemplo particularmente ilustrativo. El modelo editorial tradicional requería una extensa infraestructura material: fábricas de papel, tipógrafos, imprentas, operadores de máquinas offset, ilustradores, encuadernadores, depósitos, transportistas y redes de distribución. La digitalización permitió concentrar muchas de esas funciones en infraestructuras informáticas relativamente pequeñas y reducir radicalmente los costos de reproducción y distribución.
Sin embargo, la desaparición de numerosas tareas no significó la desaparición de la industria editorial ni necesariamente la desaparición de sus beneficios. Por el contrario, la digitalización permitió a numerosas empresas ampliar la escala de producción y distribución mientras reducían costos asociados a materiales, almacenamiento y transporte. El caso muestra una cuestión central para este artículo: una tecnología puede eliminar la necesidad de determinados trabajos sin eliminar la actividad económica que anteriormente los requería.
La misma lógica aparece en innumerables actividades contemporáneas. Una concesionaria puede incorporar sistemas automatizados de atención y reducir su dependencia de vendedores. Una editorial puede reducir su dependencia de operadores de imprenta. Una institución puede automatizar tareas administrativas. Un profesional puede utilizar herramientas de IA para realizar en segundos una tarea que anteriormente requería horas. En todos estos casos, la tecnología no necesariamente destruye una actividad económica; reduce la cantidad de trabajo humano necesario para realizarla. Por el contrario, una empresa puede prescindir de trabajadores mediante la incorporación de tecnología, mantener o incluso ampliar su producción y, al mismo tiempo, incrementar su rentabilidad. En consecuencia, si determinados trabajadores contribuyeron durante años a construir, sostener y expandir empresas cuya productividad posteriormente permite prescindir de parte de su trabajo, considero razonable que quienes son desplazados por esa transformación tecnológica no queden completamente excluidos de los beneficios que contribuyeron a generar. La incorporación de tecnología puede modificar la necesidad de trabajo humano, pero no debería borrar automáticamente la participación —directa o indirecta— de quienes contribuyeron a construir la riqueza sobre la que esa transformación se sostiene.
Esta distinción resulta fundamental para interpretar la inteligencia artificial. La evidencia disponible todavía no permite afirmar que la IA generativa esté eliminando masivamente ocupaciones completas. La Organización Internacional del Trabajo estima que, en la mayoría de los casos, la IA generativa tiene mayor potencial para complementar tareas que para sustituir ocupaciones completas. El FMI, sin embargo, advierte que su impacto sobre desigualdad y distribución dependerá de cuánto predomine la sustitución sobre la complementariedad y de cómo se distribuyan los retornos del capital y de la productividad (Gmyrek et al., 2023; Cazzaniga et al., 2024).
La principal novedad de la inteligencia artificial no consiste únicamente en que pueda automatizar tareas físicas o repetitivas. Su potencial disruptivo reside en que puede intervenir sobre actividades cognitivas, administrativas, lingüísticas y creativas. Esta característica amplía la lógica histórica de la mecanización: aquello que antes requería fuerza humana pudo ser realizado mediante máquinas; aquello que posteriormente requería procedimientos rutinarios pudo ser automatizado mediante computadoras; ahora determinadas actividades intelectuales pueden ser asistidas o parcialmente automatizadas mediante sistemas de IA (Autor, 2024; Gmyrek et al., 2023).
Desde esta perspectiva, resulta posible formular una interpretación alternativa del denominado desempleo tecnológico. Si una tarea que requería una hora humana puede realizarse en cinco minutos con asistencia de IA, la sociedad puede interpretar los cincuenta y cinco minutos restantes como pérdida de trabajo o como tiempo recuperado. La primera interpretación conserva al empleo como unidad fundamental de valor. La segunda coloca en el centro el tiempo humano.
Esta cuestión tiene antecedentes en Marx, quien vinculó el desarrollo de las fuerzas productivas con la posibilidad de reducir el tiempo dedicado al trabajo necesario y ampliar el denominado reino de la libertad —Reich der Freiheit —. Aunque el análisis marxiano se desarrolló en un contexto económico radicalmente diferente, su intuición acerca de que el aumento de productividad puede modificar la relación entre necesidad y libertad conserva relevancia para el debate contemporáneo sobre automatización (Marx, 1894/1991).
También Herbert Marcuse desarrolló posteriormente una reflexión sobre la posibilidad de que la reducción del trabajo necesario modificara la frontera entre necesidad y libertad. Su planteamiento resulta especialmente pertinente porque no presupone que una reducción del trabajo conduzca automáticamente a una sociedad liberada: la forma social en que se organiza la tecnología determina si el aumento de productividad se convierte en emancipación o en nuevas formas de control (Marcuse, 1969).
Si la automatización permite producir más utilizando menos trabajo, el aumento de productividad genera un excedente económico. La pregunta central es quién lo captura.
No existe ninguna razón económica para considerar que una empresa deba ser penalizada por sustituir trabajo humano cuando una tecnología permite realizar una tarea de manera más eficiente. Prohibir o dificultar artificialmente la automatización podría conducir a conservar empleos que ya no son materialmente necesarios. El objetivo de una política pública compatible con la innovación debería ser, por tanto, no impedir la sustitución tecnológica, sino garantizar que sus beneficios sociales no sean completamente privatizados mientras sus costos de transición son socializados.
Esto implica distinguir entre una política que grava la innovación y una política que grava correctamente las ganancias derivadas de ella. Si una empresa sustituye diez mil trabajadores por sistemas automatizados y, como consecuencia, aumenta sustancialmente sus beneficios, el Estado no necesariamente debería impedir la sustitución ni obligar a conservar esos puestos. Puede, en cambio, exigir que el incremento de la rentabilidad sea correctamente declarado y tribute de acuerdo con las reglas generales del sistema fiscal.
En Argentina, por ejemplo, el impuesto a las ganancias de sociedades utiliza actualmente una escala progresiva que llega al 35 % para los niveles superiores de ganancia neta imponible; no se trata de una alícuota plana del 46 %, como suele afirmarse en conversaciones informales.
La cuestión relevante para el futuro de la automatización no es, por tanto, establecer un impuesto específico a cada robot o sistema de IA, sino determinar si el sistema fiscal será capaz de capturar adecuadamente una economía en la que una proporción creciente de la riqueza sea producida por capital tecnológico y una proporción decreciente dependa directamente de horas de trabajo humano. El propio FMI ha señalado que las decisiones sobre propiedad de la IA y políticas redistributivas y fiscales serán determinantes para establecer cómo se distribuirán sus beneficios (Cazzaniga et al., 2024). En este contexto, el aumento de las ganancias empresariales derivado de la sustitución de trabajadores por tecnologías no necesariamente se traduce en un incremento proporcional de los tributos que las empresas aportan al Estado.
La revolución digital introduce una paradoja adicional. Mientras la tecnología puede liberar tiempo de las obligaciones laborales, determinadas empresas pueden obtener beneficios precisamente capturando ese tiempo liberado.
El modelo de negocio de las grandes plataformas digitales proporciona un ejemplo evidente. Alphabet informa sus ingresos publicitarios de manera diferenciada para Google Search, YouTube y Google Network. En 2024, Google obtuvo 264.590 millones de dólares en ingresos publicitarios, de los cuales 198.084 millones correspondieron a Search & other, 36.147 millones a YouTube y 30.359 millones a Google Network. Los ingresos publicitarios totales aumentaron desde 237.855 millones en 2023 a 264.590 millones en 2024 (Alphabet Inc., 2025).
Estos datos no permiten afirmar que Google “produzca desempleo” de manera directa ni que sus ingresos publicitarios procedan exclusivamente de personas desempleadas. Sería una inferencia que excedería la evidencia disponible. Sí permiten observar, sin embargo, que la atención de los usuarios constituye un activo económico de enorme magnitud y que las plataformas monetizan interacciones, clics e impresiones publicitarias (Alphabet Inc., 2025).
La paradoja es entonces la siguiente: la automatización puede liberar tiempo humano, mientras la economía de la atención desarrolla mecanismos empresariales destinados a capturar ese tiempo. El progreso tecnológico puede reducir el tiempo necesario para producir y, simultáneamente, generar industrias interesadas en aumentar el tiempo que las personas permanecen conectadas.
Esto conduce a una pregunta política que merece mayor atención: si la productividad tecnológica libera tiempo, ¿queremos que ese tiempo se convierta fundamentalmente en consumo y atención monetizada, o queremos que se convierta también en educación, participación ciudadana, creación, cuidado, descanso y vida comunitaria?
Si una parte de ese tiempo liberado es posteriormente capturada y monetizada por corporaciones mediante la economía de la atención, surge también la cuestión de si una parte de la renta generada a partir de esa atención debería retornar a la sociedad que produce ese recurso fundamental: el tiempo disponible de sus ciudadanos, o directamente al ciudadano cuya atención es capturada y monetizada: ¿qué diferencia existe, en términos económicos, entre disponer de su tiempo libre y convertirse en un “esclavo sin paga” de quienes rentabilizan su atención?
Si las plataformas pueden registrar con precisión quién visualizó una publicidad, durante cuánto tiempo y bajo qué condiciones, porque esa información determina cuánto pueden cobrar a sus anunciantes, resulta legítimo preguntarse por qué esa misma medición no podría utilizarse para reconocer al ciudadano una participación en la renta generada por su atención.
En definitiva, si la atención tiene un valor económico cuantificable para quien la vende, también debería reconocerse su valor para quien la aporta.
La experiencia contemporánea con políticas de protección social permite observar que una sociedad puede reducir parcialmente la dependencia entre empleo e ingresos sin eliminar el mercado laboral. Los sistemas de seguridad social europeos constituyen ejemplos de esta separación parcial: una persona puede atravesar períodos sin empleo, estudiar, jubilarse, cuidar a otros o encontrarse en transición laboral sin que necesariamente quede excluida de los mecanismos básicos de protección social.
Los experimentos de renta básica aportan evidencia adicional, aunque no permiten extraer conclusiones universales. En Finlandia, durante 2017 y 2018, 2.000 personas desempleadas recibieron una renta básica de 560 euros mensuales, independientemente de que buscaran activamente empleo o recibieran otros ingresos. El experimento fue diseñado, entre otros objetivos, para analizar los efectos sobre empleo, ingresos y bienestar (Kela, 2023; Kangas et al., 2021).
Los resultados finlandeses no demostraron que una renta básica universal elimine la necesidad de trabajar ni que produzca automáticamente mayores tasas de empleo. Su relevancia para la presente discusión es distinta: muestran que es posible experimentar institucionalmente con mecanismos que reduzcan la dependencia inmediata entre la percepción de ingresos y la obligación de demostrar una actividad laboral continua.
El caso canadiense de MINCOME también resulta relevante. La evidencia posterior sobre el experimento de ingreso garantizado desarrollado en Manitoba encontró, entre otros efectos, un aumento de la permanencia educativa entre determinados jóvenes de Dauphin. Estos resultados son compatibles con la hipótesis de que una mayor seguridad económica puede permitir que algunas personas prolonguen su educación en lugar de incorporarse inmediatamente al mercado laboral (Forget, 2011; Hum & Simpson, 2001).
La conclusión prudente no es que la renta básica constituya una solución universal ya demostrada. Es que la relación entre ingresos, empleo y actividad social es más compleja que la idea según la cual toda persona que recibe recursos sin trabajar necesariamente se vuelve pasiva.
La distribución del bienestar no depende exclusivamente de la igualdad absoluta de ingresos. Las diferencias salariales pueden coexistir con una relativa igualdad en el acceso a determinados espacios sociales y bienes fundamentales.
Esta observación permite distinguir entre igualdad económica e igualdad de ciudadanía. Una sociedad puede admitir diferencias importantes entre los ingresos de un gerente y los de un empleado sin que esas diferencias necesariamente creen mundos sociales completamente separados, siempre que las instituciones garanticen condiciones materiales suficientes y mecanismos de inclusión social.
Esta cuestión posee particular importancia para la sociedad posempleo[1]. El objetivo de una distribución más equitativa de los beneficios de la IA no tendría que ser que todos obtengan exactamente los mismos ingresos o consuman los mismos bienes. Podría consistir en evitar que la pérdida de empleo implique automáticamente pérdida de dignidad, pertenencia social y participación ciudadana.
Desde esta perspectiva, la igualdad relevante no sería la igualdad absoluta de resultados, sino la posibilidad efectiva de participar en la sociedad independientemente de la cantidad de trabajo productivo que cada individuo realice.
[1] Propongo aquí los conceptos de “sociedad posempleo” y “ciudadanía posempleo”. El primero refiere a una forma futura de organización social en la que el empleo deja de constituir la condición necesaria para garantizar la subsistencia material; el segundo, a la condición de ciudadanía que emerge cuando la participación social y el ejercicio efectivo de los derechos dejan de depender de la inserción laboral (Oscar R. Gómez, 2026).
La posibilidad de una sociedad en la que una parte relativamente pequeña de la población concentre ciudadanía, riqueza y capacidad de decisión mientras una población mucho mayor realiza buena parte del trabajo necesario no pertenece exclusivamente al pasado.
Los Emiratos Árabes Unidos ofrecen un ejemplo contemporáneo que permite visualizar esta continuidad sin establecer una equivalencia histórica con las sociedades esclavistas. La Organización Internacional del Trabajo señala que el país alberga aproximadamente 8,7 millones de trabajadores migrantes, equivalentes a más del 80 % de la población residente, y que los trabajadores migrantes constituyen la mayor parte del empleo del sector privado, mientras los ciudadanos emiratíes se concentran principalmente en el sector público (OIT, s. f.).
El caso resulta interesante porque muestra que las sociedades contemporáneas todavía pueden resolver la necesidad de trabajo mediante la incorporación de grandes cantidades de trabajadores humanos. La alternativa que plantea la inteligencia artificial es diferente: reducir la necesidad misma de trabajo humano en lugar de buscar indefinidamente nuevas poblaciones dispuestas a realizarlo.
La comparación con Grecia y Roma debe entenderse, por tanto, como una comparación de estructuras y no como una equivalencia moral o jurídica. En la Antigüedad, la disponibilidad de ocio de determinados sectores dependía en parte de relaciones sociales profundamente desiguales. En una sociedad automatizada, la misma disponibilidad de tiempo podría surgir de una fuente radicalmente diferente: máquinas capaces de realizar una parte creciente del trabajo socialmente necesario.
La hipótesis central de este artículo puede formularse ahora con mayor claridad: la finalidad histórica de la automatización no debería ser conservar indefinidamente la cantidad de trabajo existente, sino reducir la cantidad de trabajo que los seres humanos necesitan realizar para sostener una vida digna.
Esta idea no implica considerar inútil el trabajo. El trabajo puede producir satisfacción, identidad, relaciones sociales, aprendizaje y sentido. La literatura contemporánea sobre trabajo y bienestar ha señalado precisamente que una reducción drástica del trabajo podría generar también problemas relacionados con propósito, estructura temporal y realización personal (Kaplan et al., 2025).
Por ello, una sociedad posempleo no debería imaginarse como una sociedad sin actividad. Sería, más bien, una sociedad en la que la actividad humana deja de estar determinada exclusivamente por la necesidad de obtener ingresos. Una persona podría trabajar porque desea hacerlo, estudiar porque le interesa, crear porque encuentra satisfacción en la creación, cuidar porque considera importante cuidar, participar políticamente porque dispone del tiempo necesario o simplemente descansar porque necesita descansar.
Aquí aparece la verdadera dimensión utópica de la inteligencia artificial. La humanidad podría alcanzar mediante máquinas algo que durante siglos estuvo reservado a determinadas clases sociales: disponer de tiempo no subordinado enteramente a la producción material.
La diferencia respecto de las sociedades antiguas sería fundamental. Atenas y Roma pudieron construir espacios de ocio, cultura y participación política en sociedades profundamente estratificadas. La tecnología contemporánea ofrece la posibilidad de producir una cantidad suficiente de riqueza material sin requerir que la liberación de unos dependa de la subordinación laboral de otros.
Desde esta perspectiva, el desempleo puede ser reinterpretado.
En el presente, una persona que pierde su trabajo pierde simultáneamente ingresos y, con frecuencia, reconocimiento social. Por eso el desempleo constituye efectivamente un problema.
Pero si las instituciones económicas consiguen desvincular progresivamente la supervivencia material del empleo, la reducción del trabajo necesario puede adquirir otro significado.
Podría ocurrir que una sociedad pase de preguntarse:
¿Cómo conseguimos trabajo para todos?
a preguntarse:
¿Cómo conseguimos que todos puedan vivir dignamente cuando cada vez necesitamos menos trabajo?
Esta transformación conceptual es probablemente más importante que cualquier tecnología particular.
La IA no tiene por qué ser entendida como una máquina que “quita empleos”. Puede ser entendida como una tecnología que reduce la cantidad de trabajo necesaria para alcanzar determinados resultados. La diferencia no es semántica: determina qué políticas consideraremos deseables.
Si el objetivo es conservar empleos, la automatización aparece como amenaza.
Si el objetivo es reducir trabajo necesario, la automatización aparece como oportunidad.
El concepto de ciudadanía podría, en consecuencia, experimentar una transformación semejante.
En la sociedad industrial, la ciudadanía económica se encuentra estrechamente vinculada a la capacidad de vender trabajo en el mercado. La persona que puede trabajar obtiene ingresos; la que no puede hacerlo depende de mecanismos de protección.
En una sociedad altamente automatizada, esta relación podría invertirse. El ciudadano podría recibir una parte de los beneficios de una economía extremadamente productiva no porque haya vendido una determinada cantidad de horas, sino porque forma parte de la comunidad que posee, regula o participa de esa infraestructura productiva.
La renta básica constituye una posibilidad, pero no la única. También podrían considerarse reducción generalizada de jornadas, participación de los trabajadores en beneficios, fondos sociales de capital, dividendos ciudadanos, servicios públicos universales o combinaciones de estos mecanismos. El objetivo común sería transformar parte del aumento de productividad en capacidad efectiva de disponer de tiempo.
La cuestión no sería eliminar el mercado ni prohibir la acumulación privada. Sería reconocer que cuando las máquinas realizan una proporción creciente del trabajo, el vínculo histórico entre trabajo individual y supervivencia económica deja de ser suficiente como principio organizador de la sociedad.
La hipótesis presentada entra en diálogo con dos posiciones aparentemente opuestas.
La primera considera la automatización principalmente desde la perspectiva de la destrucción de empleo. Esta preocupación posee fundamentos reales: la IA puede sustituir determinadas tareas, generar desplazamientos laborales y aumentar la desigualdad cuando los beneficios se concentran en quienes poseen capital o capacidades complementarias. El FMI y la OIT han advertido sobre estos riesgos, aunque también señalan un importante potencial de aumento de productividad y complementariedad laboral (Cazzaniga et al., 2024; Gmyrek et al., 2023).
La segunda posición enfatiza que la tecnología crea nuevas actividades y ocupaciones. La evidencia histórica demuestra que las economías pueden generar nuevos sectores después de profundas transformaciones tecnológicas. Sin embargo, esta observación no responde completamente a la pregunta normativa planteada aquí. Que sea posible crear nuevos empleos no significa que sea socialmente necesario hacerlo cuando el objetivo de la tecnología consiste precisamente en reducir el trabajo necesario.
La discusión sindical también merece una consideración particular. Desde una perspectiva de protección inmediata, resulta razonable que los sindicatos intenten evitar despidos y preservar salarios. Sin embargo, si se adopta una perspectiva histórica más amplia, defender indefinidamente puestos de trabajo que las máquinas pueden realizar podría convertirse paradójicamente en una defensa de la necesidad de trabajar. El desafío consiste entonces en trasladar progresivamente la protección desde el puesto de trabajo hacia la persona que deja de necesitar ese puesto.
Esto permitiría reformular el conflicto laboral tradicional. La pregunta ya no sería si una empresa tiene derecho a reemplazar diez mil trabajadores por tecnología. Podría tenerlo, siempre que actúe conforme a la legislación vigente. La pregunta sería qué parte de la riqueza adicional generada por esa sustitución queda en la empresa, qué parte corresponde a sus propietarios y qué parte debe retornar a la sociedad mediante el sistema fiscal y las instituciones de protección social.
La historia económica permite observar una tendencia de largo plazo: las sociedades han desarrollado mecanismos cada vez más eficientes para reducir el trabajo humano necesario para producir los bienes y servicios que permiten la supervivencia y el bienestar. La esclavitud permitió históricamente que determinados grupos dispusieran de tiempo mediante la subordinación de otros seres humanos. Las máquinas introdujeron una posibilidad diferente: sustituir progresivamente trabajo humano por trabajo mecánico. La inteligencia artificial extiende ahora esta posibilidad hacia actividades cognitivas.
La diferencia fundamental es que la IA permite imaginar una liberación del trabajo que no necesita convertir a otros seres humanos en trabajadores subordinados.
La cuestión decisiva no será entonces tecnológica sino distributiva. Si los beneficios de la automatización permanecen concentrados, la IA podría incrementar la desigualdad económica. Si una parte significativa de esos beneficios se transforma en ingresos, servicios, infraestructura y tiempo disponible para el conjunto de la población, podría producir una expansión inédita de la libertad humana. Esta posibilidad coincide con una preocupación ya formulada por Keynes hace casi un siglo y retomada actualmente por investigadores que estudian las consecuencias psicológicas, económicas y sociales de trabajar menos (Keynes, 1930; Kaplan et al., 2025).
La tesis propuesta no consiste, por tanto, en afirmar que el desempleo contemporáneo sea deseable en las condiciones económicas actuales. Una persona sin ingresos no es una persona liberada. La tesis es que, en una sociedad suficientemente productiva, la desaparición de determinados empleos podría convertirse en liberación si las instituciones consiguen separar progresivamente la dignidad material del individuo de la necesidad de vender su trabajo.
El objetivo de la política pública no debería ser impedir que las máquinas sustituyan trabajo humano cuando pueden hacerlo de manera eficiente. Tampoco debería consistir simplemente en crear nuevos puestos para ocupar el tiempo que la tecnología acaba de liberar. Debería consistir en garantizar que la productividad obtenida mediante esa sustitución contribuya a mejorar las condiciones materiales de quienes ya no son necesarios para realizar determinadas tareas.
La cuestión puede resumirse en una proposición deliberadamente provocadora:
No necesitamos garantizar que todos tengan un empleo. Necesitamos garantizar que nadie necesite un empleo para tener una vida digna.
En ese escenario, el desempleo dejaría de representar necesariamente el fracaso de una persona y podría convertirse en una señal de que una determinada cantidad de trabajo humano ha dejado de ser necesaria.
La humanidad habría recorrido entonces una secuencia histórica singular: primero consiguió liberar a algunos del trabajo mediante el trabajo de otros; posteriormente consiguió sustituir parte del trabajo humano mediante máquinas; finalmente podría utilizar la inteligencia artificial para hacer universal el tiempo libre que durante milenios estuvo reservado a minorías.
El desafío no sería construir una sociedad sin actividad, sin esfuerzo o sin diferencias. Sería construir una sociedad en la que la riqueza producida por máquinas permita que las personas elijan progresivamente qué hacer con su tiempo, en lugar de verse obligadas a venderlo para garantizar su supervivencia.
Quizá esa sea una de las definiciones más profundas del progreso:
no producir cada vez más para trabajar cada vez más, sino producir lo suficiente para que cada vez menos tiempo humano tenga que ser dedicado a producir.
Declaración de Autoría
De acuerdo con la taxonomía CRediT, ambos autores participaron en igual
proporción (50% cada uno) en las siguientes funciones: conceptualización;
metodología; investigación; análisis formal; redacción del borrador original; y
redacción, revisión y edición. Ambos autores aprobaron la versión final del
manuscrito y asumen responsabilidad por su contenido.
Alphabet Inc. (2025). 2024 annual report. https://abc.xyz/assets/99/21/46cafdba41089a12a2d86ea47d44/goog026-annualreport2024-web.pdf
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