RESILIENCIA Y ESPIRITUALIDAD. APORTES PARA SU ESTUDIO DESDE UNA PERSPECTIVA PSICOLÓGICA

Juan I. Irurzun1; Joaquín Mezzadra2; Maximiliano Preuss3

1. Universidad de Flores (UFLO), Argentina.E-mail: (J.I.I), 2. Universidad de Buenos Aires (UBA), Argentina, 3. Universidad Abierta Interamericana (UAI), Argentina



RESUMEN

En la actualidad, distintos autores han sugerido que el concepto de resiliencia se encuentra asociado a la espiritualidad, de modo que aquellas personas que se consideran espirituales podrían presentar características resilientes (Poseck, Baquero y Jiménez, 2006; Girard, 2007). Sin embargo, son pocos los trabajos que se proponen realizar una revisión sistemática de la literatura en relación al vínculo entre ambos constructos. Por este motivo, el presente trabajo se propone realizar una búsqueda bibliográfica en bases de datos - SCIELO, LATINDEX, entre otras - con el objeto de revisar críticamente los hallazgos empíricos reportados por los diferentes estudios. Se concluye que, si bien se han incrementado la cantidad de trabajos en el área en los últimos años, aún se requiere un mayor número de investigaciones, particularmente en el contexto latinoamericano. A la vez, la definición y evaluación de la espiritualidad ha presentado considerables dificultades, por lo que aún se precisa mejorar las herramientas disponibles para su indagación empírica.

Received: 2017 October 1; Accepted: 2017 October 25

Revista Científica Arbitrada de la Fundación MenteClara. 2017 Oct 30; 2(2): 34
doi: 10.32351/rca.v2.2.34

Copyright

© 2017 RCAFMC - Este artículo de acceso abierto es distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution-Non Commercial (by-cn) Spain 3.0.

Keywords: Espiritualidad, Resiliencia, Psicología, Spirituality, Resilience, Psychology.

Introducción.

El fenómeno espiritual ha sido considerado un problema de marcado interés en la literatura psicológica. Sin embargo no es hasta mediados de la década del ochenta que la cantidad de estudios específicos vinculados a temáticas religiosas ha crecido lo suficiente como para promover el desarrollo del área específica de la psicología de la religión y de la espiritualidad. En este contexto, distintos autores se han propuesto explorar el modo en que la espiritualidad y la religiosidad se encuentran asociados a la resiliencia. Así, distintos estudios se ocupan de identificar los aspectos específicos de los constructos numinosos que se asocian a una mayor o menor capacidad de afrontar distintas situaciones problemáticas. Debido a que no se han relevado antecedentes que se propongan realizar una revisión sistemática de la literatura en el contexto local, el presente trabajo tiene por objetivo revisar críticamente los hallazgos empíricos reportados por las investigaciones actuales en el contexto internacional.

La espiritualidad desde una perspectiva psicológica

Si bien el carácter espiritual tuvo relevancia desde los primeros inicios de la psicología (Allport, 1950; James, 1902), fue a partir de las introducciones que hizo en su trabajo Gorsuch (1984) que la cantidad de artículos publicados y el número de revistas especializadas en el tema se han incrementado (Belzen & Hood, 2006; Jacob A Belzen, 2015; Muñoz, 2004). A la vez, durante los últimos veinte años el número de estudios que centran su atención en el papel que ocupa la espiritualidad en el afrontamiento de estresores vitales ha crecido exponencialmente (Ano & Vasconcelles, 2005; Pargament, 1997; Phelps et al., 2009). Diferentes autores han observado que algunas personas se apoyan en la religión y en la espiritualidad como un recurso para comprender y afrontar momentos difíciles (Abu-Raiya & Pargament, 2015; Ahles, Mezulis, & Hudson, 2016; Feder et al., 2013). Etimológicamente, la palabra espiritualidad surge en el occidente cristiano a inicios del primer milenio, a partir del término latino spiritualitas, proveniente del sustantivo spiritus (espíritu) y del adjetivo spiritual (espiritual), traducciones de los términos griegos pneuma (soplo), y pneumatké, es decir, etéreo o no material (Príncipe, 1983). Desde ya, estudiar la espiritualidad en los individuos es considerado un aporte de relevancia para la psicología, dado que el sentido de la vida constituye un tema central en el desarrollo de la personalidad. Si bien no se identifica una concepción univoca, según Piedmont (2001), la espiritualidad es definida como una disposición inherente a los humanos con las características de ser universal e integradora, que tiene como meta orientar la conducta permitiendo trascender a la existencia cercana con un propósito y un sentido de vida más amplio, relativo al destino del hombre después de su muerte. De acuerdo con este autor, ante la inminencia del conocimiento de que en algún momento su cuerpo va a perecer, las personas necesitan construir un sentido más amplio para la vida que llevan (Piedmont, 2004). Desde este análisis, las mismas se insertan dentro de una unidad fundamental encontrando una conexión con el prójimo que no puede ser obstruida ni por el fallecimiento. Siguiendo las sugerencias del autor, distintos estudios han explorado el constructo desde el modelo de los cinco factores de la personalidad (Piedmont, 1999; Simkin, 2017).

Por otra parte, asociado al constructo de la espiritualidad existe lo que Pargament (1997) define como el afrontamiento religioso, es decir, un proceso orientado y contextual que pone a la religión como el eje central en el desarrollo de estrategias de resolución de conflictos y problemas. A su vez, el autor identifica patrones positivos y negativos de afrontamiento religioso para distinguir dos orientaciones que prevalecen en el individuo al momento de recurrir a la religión como estrategia de afrontamiento: mientras que los patrones positivos reflejan una relación segura con una fuerza trascendente, un sentido de conexión espiritual con los demás, y una visión benevolente del mundo; los negativos, por el contrario, reflejan tensiones espirituales subyacentes, descontento espiritual y luchas dentro de uno mismo, con los demás y con lo divino. El estudio del afrontamiento religioso representa una de las líneas de investigación que mayor interés ha cobrado tanto en el contexto internacional como en el plano local (Mezzadra & Simkin, 2017; Pargament 1997). Diversos estudios indican que las personas que viven su religión de manera positiva, generando vínculos de confianza con Dios, tienden a sobreponerse a diversos estresores con mayor facilidad que aquellas que experimentan una lucha interna constante con Dios o con su comunidad religiosa (Bryant-Davis et al., 2015; Lee, Nezu, & Nezu, 2014; Rosmarin, Bigda-Peyton, Öngur, Pargament, & Björgvinsson, 2013; Vallurupalli et al., 2012).

Cabe señalar que en la literatura especializada suelen distinguirse los términos espiritualidad y religiosidad. De este modo, mientras que la espiritualidad es considerada como una motivación que orienta el comportamiento del individuo en el esfuerzo de construir un sentido más profundo para su vida desde una perspectiva escatológica (relativa al ser humano luego de su muerte), la religiosidad refiere al modo en que la propia espiritualidad es moldeada y la forma en que se expresa a través de una organización comunitaria o social (Piedmont, 2012).

La resiliencia desde una perspectiva psico-social

En la actualidad existen numerosas investigaciones que arribaron a una definición del término resiliencia. Mientras algunos autores la describen desde una mirada intrapersonal resaltando los aspectos de la persona, otros ponen el foco en lo interpersonal y la relevancia con su contexto social más próximo. Si bien no existe una concepción única, hablar de resiliencia hoy es hablar de un constructo teórico empleado dentro de disciplinas tales como la psicología, sociología, antropología, salud, trabajo social, economía y filosofía. Todas ellas tratan de estudiar la resiliencia desde la infancia, pasando por la adolescencia hasta llegar a la edad adulta.

Es importante destacar que la asociación o agrupamiento del término con otros conceptos han dado lugar, en más de una ocasión, a erróneas interpretaciones del mismo, tales como: sentido del humor, control personal, persona "resistente", empatía, en otras. (Earvolino-Ramirez, 2007; Fernández-Lansac y Crespo, 2011; Garcia-Ona, Jakobowski, & O'Flagerty, 2013; Windle, 2011). La palabra resiliencia proviene del latín resilio y es utilizada en el campo de la física para describir el proceso por el cual un material vuelve a su estado anterior, esto significa volver, rebotar, saltar hacia atrás, ser repelido o surgir (Muller, 2008; Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, 2005). Posteriormente, el término fue adaptado a las ciencias sociales para describir a las personas que, a pesar de nacer y vivir en situaciones de alto riesgo, logran desarrollarse psicológicamente sanas y exitosas (Machuca, 2002).

Contemporáneamente, se asegura que se trata de un suceso psicológico y es utilizado en diferentes disciplinas incluida la medicina (Cornejo, 2010). Si bien es un concepto homogéneo, se emplea en el campo de la psicología como adaptación efectiva cuando un sujeto atraviesa condiciones de peligro (Gaxiola, 2013). En este sentido, se entiende la resiliencia como un constructo dinámico que incluye una amplia clase de fenómenos implicados en las adaptaciones exitosas en el contexto de amenazas significativas para el desarrollo (Villalba, 2003).

Poseck, Baquero y Jiménez (2006) señalan que en los primeros antecedentes de psicología sobre la temática, existía un anclaje de la misma en la descripción de conductas individuales de superación, las cuales parecían ser casos puntuales y anecdóticos. Sin embargo, estudios posteriores han demostrado que la resiliencia es un proceso más amplio en el cual intervienen patrones y características generales del individuo. La resiliencia, a pesar de que requiere una respuesta subjetiva, no es una característica singular, pues está condicionada tanto por factores individuales como socio-ambientales, emergiendo de una gran heterogeneidad de influencias ecológicas que confluyen para producir una reacción excepcional frente a una amenaza importante.

Desde esta visión más amplia, se ha entendido a la resiliencia como el resultado de la combinación o interacción entre los atributos del individuo (internos) y su ambiente familiar, social y cultural (externos) que posibilitan superar el riesgo y la adversidad de forma constructiva. En línea con esta perspectiva, Grotberg (2004) la describe como un llamado a centrarse en cada sujeto como alguien auténtico y genuino, resaltando las capacidades y habilidades personales que surgieron durante alguna sopesada situación que haya puesto en riesgo su persona, y ya transcurrida ésta, logre revestir las actitudes más provechosas logrando un fortalecimiento contra amenazas posteriores. Asimismo, Morera (2007) la define como la habilidad que tiene una persona, sistema u organización para resistir circunstancias conflictivas preservando la integridad del organismo, reaccionando favorablemente a las dificultades y tratando de salir reforzada de ellas. Por último, desde una perspectiva más trascendental, Krauskopf (2007) la define como la composición de aptitudes y acciones destinadas a encontrar el sentido de la vida y el progreso frente a la adversidad.

Asociaciones entre resiliencia y espiritualidad en la literatura especializada

Dado que el sentido de la vida humana es un componente que puede ligarse intrínsecamente a la resiliencia, existen autores que la vinculan con el concepto de espiritualidad (Poseck, Baquero & Jiménez, 2006; Girard, 2007). Las investigaciones en el área han hecho esfuerzos buscando una verificación de su asociación en distintas poblaciones, las cuales han vivido situaciones movilizantes, generalmente pérdidas, abusos o enfermedades que afectaron la sensibilidad de las personas enfrentándolas a la posibilidad real y próxima de la muerte, constituyéndose en eventos centrales para la formación y el desarrollo de su identidad (Matrángolo, Paz, & Simkin, 2015; Navas & Villegas, 2007). De acuerdo con el rastreo del estado del arte, la espiritualidad es considerada como facilitadora de la recuperación personal ante distintas enfermedades, a la vez que promueve mayor bienestar psicológico (Sanchez, 2004; Simkin, 2016). Aunque en las revisiones de la literatura especializada se destaca que la espiritualidad suele considerarse como un constructo universal en todos los individuos (Piedmont, 1999; Simkin & Cermesoni, 2014), cada sujeto podría poseer diferentes niveles de conciencia sobre sus capacidades, por lo tanto, sus efectos sobre la resiliencia podrían variar según cada persona, dependiendo de su personalidad, su contexto y la etapa en su ciclo vital (Laspina, 1996). La espiritualidad genera un alto nivel de trascendencia posibilitando un propósito a la existencia misma y puede ser expandido en sentidos escatológicos. Es esta misma persecución hacia un significado existencial la que genera un estado de bienestar subjetivo con estándares que favorecen la resiliencia individual (Rodriguez, 2011).

De acuerdo con la literatura, la religiosidad, por su parte, se encuentra asociada de manera tanto positiva como negativa a la salud mental (Simkin & Azzollini, 2015). Desde una perspectiva psicológica, ésta ha sido comprendida como un modelo mental genérico que incide en la evaluación y en el procesamiento de la información, de modo que, de acuerdo a diferentes factores como los rasgos de la personalidad, estas evaluaciones podrían afectar el modo en que las personas significan sus propias experiencias (James, & Wells, 2003; Simkin & Etchevers, 2014). Tal es así que la religiosidad promueve en el individuo la posibilidad de desarrollar un afrontamiento donde se utilizan creencias y comportamientos religiosos para prevenir y/o aliviar las consecuencias negativas de sucesos de vida estresantes, tanto como para facilitar la resolución de problemas (Pargament, 1997).

Conclusión

Si bien tanto la espiritualidad como la religiosidad han sido conectadas al fenómeno de la resiliencia, aún se requiere continuar incrementando la cantidad de estudios que puedan aportar mayor fortaleza teórica a la naturaleza de estas asociaciones. A la vez, resulta necesario continuar trabajando en las definiciones conceptuales de los términos en los que se describen los fenómenos religiosos y espirituales desde una perspectiva psicológica. Tales precisiones podrían contribuir a generar un mayor consenso para la evaluación empírica de los constructos numinosos, lo que podría generar un impacto en los resultados de las investigaciones que se propongan explorar sus asociaciones. Por último, considerar la espiritualidad y la religiosidad en el marco del modelo de los cinco factores de la personalidad, podría contribuir a identificar aspectos de las creencias espirituales y religiosas que se asocian con una mayor o menor resiliencia y, por tal motivo, con una mayor o menor salud mental.


Financiación

Este trabajo fue patrocinado en en forma conjunta por la Universidad de Flores, la Universidad de Buenos Aires y por la Universidad Abierta Interamericana.


Conflicto de intereses

Ninguno que declarar.

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